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La familia de Luis y Celia – Carta n°32

13 de diciembre 2019

« Te contaré que Teresa, mi Reinecita −así la llamo yo porque te aseguro es un encanto de hija− está completamente curada; finalmente, la gran cantidad de oraciones ofrecidas por ella han tomado el cielo por asalto y Dios, que es tan bueno, ha tenido a bien capitular.» Luis Martin a su amigo señor Nogrix, Lisieux 1883.

Los santos son seres de la misma madera que nosotros…

Cuántas veces, en el trascurso de una visita al santuario de la familia Martin de Alençon, comprobamos que los peregrinos creen que «los Santos son seres excepcionales, que no son como los demás seres humanos.» Pero, si los miramos más de cerca, veremos que están hechos de la misma madera que nosotros, especialmente en lo relacionado con las heridas infantiles que los marcaron y que tuvieron que recomponer y sanar.

Lo anterior es particularmente cierto en santa Celia que, como sabemos, sufrió la severidad de su madre en su juventud y su preferencia por su hermano Isidoro, hasta el punto de confesar que aquel tiempo fue para ella «¡triste como un sudario!».

Lo que vale para la mamá, vale también para la hija. No quiere esto decir que Teresita conociera la falta de amor, no; casi se puede decir que a Teresita lo que le sobró fue el amor. Su herida fue la de perder a personas que amaba: a su madre, fallecida a los 46 años a causa de un cáncer y luego la ida de Paulina, a la que tanto quería, al Carmelo. Paulina entra en el Carmelo cuando Teresita tiene tan sólo diez años, sin haberla preparado lo suficiente para aceptar su separación, por eso Teresita cree que la ha abandonado.

Y se saben las consecuencias: Teresita, hasta entonces muy expansiva, se repliega sobre sí misma y se vuelve demasiado sensible. Por eso, entre Pascua de Resurrección y Pentecostés, sufre una «extraña enfermedad» (temblores, angustias, alucinaciones…) lo que los médicos llaman hoy estrés traumático. Una situación que revela que Teresita no había llorado la muerte de su madre y que mantenía en su alma la angustia de ser abandonada.

Primera curación

Toda la familia reza, pide que recen por ella y la instala en la habitación de los Buissonnetes donde está la imagen de la Virgen María que siempre ha acompañado a la familia. En medio de su tribulación, Teresita se vuelve hacia Ella y la invoca con todo su corazón. « De repente, la Santísima Virgen me parecio hermosa, tan hermosa, que yo no había visto nunca nada tan bello…Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la « encantadora sonrisa de la Santísisima Virgen. » (Ms A 30 rº)

Regalo de Navidad

Así comenzó una curación que culminará tres años después en la noche de Navidad.

Después de volver de Misa del Gallo, el señor Martin, un poco fatigado, hace comprender a Teresita, que ya tiene 13 años, que es hora de que cese la práctica infantil de los zapatos en la chimenea con estas palabras:

«¡Bueno, menos mal que este es el último año…!». Al oír estas palabras, Teresita, todavía hipersensible, que sube a su habitación a dejar su sombrero, baja rápidamente las escaleras y, reprimiendo las lágrimas, empieza a desenvolver, llena de valor y alegremente, todos los regalos ante su padre y Celina.

En el Manuscrito A Teresita dice que en ese momento recobró la fuerza del alma que había perdido a los cuatro años y medio: «Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…! Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo… La obra que yo no había podido realizar en 10 años Jesús la realizó en un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había faltado.» (Ms A, 45r°, 45vº)

Recordando poco antes de su muerte lo sucedido en aquella noche, habla de conversión y reconoce: «Hoy he estado pensando en mi vida pasada y en el acto de valor que realicé tiempo atrás en Navidad y me vino a la memoria la alabanza tributada a Judit: «Has obrado varonilmente y tu corazón se ha fortalecido». Muchas almas dicen: Pero yo no tengo fuerzas para hacer tal sacrificio. Pues que hagan lo que yo hice: un gran esfuerzo. Dios nunca niega esta primera gracia que da el valor para actuar; después, el corazón se fortalece y se va de victoria en victoria.» (Últimas Conversaciones, 8 de agosto de 1897)

Apuntes para nuestra oración personal o en grupo

Y ¡dejemos que la oración llene nuestra alma y nuestra vida !

Podéis contar con las oraciones de los miembros del Santuario de Luis y Celia de Alençon.

P. Thierry Hénault-Morel, rector del Santuario

Gracias por vuestra actividad misionera, por la difusión de esta carta y por mandarnos las direcciones de aquellas personas que penséis pueden apreciarla. Esta carta puede ser distribuida en papel, mostrada a vuestras relaciones, a vuestro párroco…